Desde que el PP asumió la tarea de ejercer como partido de la oposición al Gobierno, la praxis del control democrático al poder político ha sido sacada de quicio. Hoy, esa oposición vaga por las calles y las plazas a su libre albedrío, como si ignorase que, en una democracia formal, la oposición es el complemento institucional del Gobierno y, por lo tanto, goza de la misma legitimidad que aquel. Sin embargo, perdidas las elecciones generales del 14 de marzo de 2004 el PP, liderado por Aznar, emprendió una deriva hacia posiciones abiertamente antidemocráticas; poniendo en peligro la estabilidad del sistema. El partido que había fundado Manuel Fraga Iribarne, sobre las cenizas de Alianza Popular, se ha convertido en el refugio ideal para los grupos ultraderechistas que se habían quedado fuera de juego tras la reforma de la larga dictadura franquista.
Los intereses políticos de Aznar contradicen clamorosamente los principios ideológicos de Fraga Iribarne. Fascinado, el primero, por las ideas radicales de los neocon estadounidense, cuyo brazo ejecutor es George W. Bush, la derecha española -para asombro de demócratas- se radicalizó de tal manera que el empeño puesto por Fraga para evitar que su obra política se contaminara con los extremismos políticos que él conocía muy bien -puesto que había militado en uno de ellos: la Falange-, han sido baldíos. Su partido -el PP-, obcecado por la derrota electoral del 14M (2004), representa, en estos momentos, a la ultraderecha y no a una derecha civilizada democráticamente, moderada y conciliadora, fluyendo ordenadamente por los cauces de las instituciones políticas legales tal como pensaba, hace treinta y cinco años, el ex ministro de Información y Turismo tras su conversión al liberalismo político.
Tres años antes de que la conspiración de la tromboflebitis derribara al dictador Franco, el fundador del PP fue invitado a pronunciar una conferencia en la, entonces, prestigiosa tribuna del Club Mundo, en Barcelona. (Conviene advertir que esta tribuna no tenía nada que ver con el diario El Mundo, pero sí, en cambio, con una prestigiosa revista política y cultural, que era Mundo, desaparecida hace bastantes años). Aquella tarde del 10 de marzo de 1972, Fraga expuso, por primera vez en público, sus tesis centristas.
Según él, el centro cree en el Derecho; la derecha tiende a creer más en el poder y la izquierda sólo cree en la libertad. Su Teoría del centro, título de la conferencia, contenía las bases ideológicas de sus partidos fundados posteriormente: Alianza Popular, primero, y el Partido Popular, después. Para él, las tensiones políticas deberían centrarse conteniéndolas en "una atmósfera de moderación, evitando los extremismos". O sea, todo lo contrario de lo que hace, actualmente el PP bajo el liderazgo de su emancipado pupilo, José María Aznar.
Aquella tarde, Fraga no sólo dio una lección de tolerancia política, apostando por la moderación; sino que, además, quiso demostrar que sus teorías no eran difícilmente aplicables a la realidad. Les dijo a los catalanes que no había llegado a Barcelona con la intención de liberarla, "sino para dialogar de buena fe con algunos de sus hombres representativos".
Nadie se imaginaría a Aznar -o a cualquiera de sus edecanes- hablándoles a los catalanes en los mismos términos que lo hizo Fraga en aquel momento. Mucho menos diciéndoles que son ciudadanos de "una comunidad civilizada por excelencia". Parece imposible que buceando en las ideas liberales del antiguo falangista se puedan encontrar argumentos suficientes para demostrar cómo el PP, en las manos de Aznar -y lo que es peor: en su cabeza...- se ha "tirado al monte" en vez de continuar la obra moderadora de su maestro y fundador.
Aunque sólo fuera para conservar la legitimidad de representación, que entonces tanto le preocupaba a Fraga. La misma iglesia católica podría encontrar en la Teoría del centro ideas tales como, por ejemplo, que los problemas religiosos deben despolitizarse: "Todavía -les decía Fraga a los catalanes- abundan en nuestro país los buenos católicos que creen que el juicio apocalíptico -los buenos, a la derecha; los malos, a la izquierda- es válido en política". Sorprendente aquel Fraga, en el umbral de los 50 años de edad o recién cumplidos, cuando después de experimentar tan profunda metamorfosis ideológica, daba lecciones de moderación y liberalismo político, aún en vida del Gran Dictador.
En cambio, Aznar, deslumbrado tiempo después por una efímera mayoría absoluta obtenida en las urnas del año 2000, no supo diferenciar entre el poder subjetivo sobre su partido y el poder objetivo sobre la sociedad española. Creyó que todo poder es lo mismo, y, ofuscado por su victoria electoral, metió al país en el fregado internacional de los neocon estadounidenses. Confundió su poder oligárquico -es decir, su influencia sobre una camarilla- con la autoridad en un medio tan complejo como es la sociedad española.
De su error ideológico nació la actual confusión política que nos aturde. Al beligerante ideólogo de la derecha radical le falló -o le faltó- la capacidad para alinearse con lo que había llegado: la liberación política de la acojonada sociedad nacional sometida -durante cuarenta años- al control de una élite antidemocrática y de las JONS... Incluso, pretendió retroceder aún más intentando rectificar los principios liberales que contribuyeron al éxito de la Transición. Se equivocó: pensó que en democracia es posible ejercer el poder personal arbitrariamente. Craso error; del cual, aún no ha conseguido liberarse, prisionero de dos cosas: una, de su inexperiencia política; otra, de su vanidad personal.
Lorenzo Cordero. Periodista.
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